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Crónica:

Los profesores que nunca olvidamos: tres historias de vocación y memoria en el Maule

  • Viernes 16 de octubre de 2026
  • 11:20 hrs

Una profesora que recorría parte de su camino a caballo para llegar a enseñar, un maestro de Cauquenes que perdió la vida intentando salvar a sus alumnos y un educador diferencial de San Javier que hizo de la inclusión parte de su trabajo. En el Día del Profesor, tres historias del Maule nos recuerdan que hay enseñanzas que permanecen mucho después de abandonar la sala de clases.

Antes de entrar a una sala de clases, antes de abrir un libro o escribir la primera palabra en la pizarra, María Eugenia Pavés tenía un camino que recorrer.

Comenzó su trayectoria docente en la escuela rural de Quebrada Verde, en el Maule. Eran otros tiempos. Para continuar su viaje debía llegar a caballo hasta la estación, en una rutina que hoy parece lejana, pero que formaba parte de las dificultades de enseñar en sectores apartados.

Décadas después, al recibir un reconocimiento por su trayectoria, recordó aquellos primeros años y el esfuerzo que hicieron sus padres para que pudiera estudiar. En 2026 fue homenajeada al acogerse a retiro, después de cuatro décadas de ejercicio profesional. Cuarenta años.

Cuántos cuadernos corregidos. Cuántas mañanas frente a una pizarra. Cuántos estudiantes que llegaron por primera vez a una sala sin saber todavía leer su propio nombre. Y cuántas historias que probablemente nunca conoceremos. Porque hay algo difícil de medir en la vida de un profesor: la huella que deja en los demás.

Lorenzo Baeza: una historia que comenzó en Cauquenes y terminó en Rapa Nui

Mucho antes de que María Eugenia iniciara su carrera, otro profesor nacido en el Maule había emprendido un camino que lo llevaría lejos de su tierra.

Lorenzo Baeza Vega nació en Cauquenes en 1913. Comenzó su trayectoria docente en una escuela rural de la comuna y posteriormente ejerció en distintos lugares del país, hasta llegar a Rapa Nui. Allí, su nombre quedaría unido para siempre a uno de los episodios más dolorosos de la historia educativa de la isla.

En noviembre de 1954, una embarcación que transportaba estudiantes volcó frente a Anakena. Lorenzo intentó auxiliarlos. De acuerdo con los antecedentes históricos difundidos sobre su vida, consiguió salvar a varios alumnos, pero murió ahogado junto a dos estudiantes. Tenía 41 años.

Su historia permaneció en la memoria de quienes conocieron su trayectoria y, más de siete décadas después, volvió a ser recordada en Cauquenes mediante iniciativas destinadas a rescatar su legado.

Hay algo profundamente conmovedor en pensar que un profesor nacido en una ciudad del Maule terminara sus días tan lejos de casa, intentando proteger a sus alumnos. No es necesario convertir su muerte en una definición de lo que significa ser docente. Ninguna profesión debería exigir semejante sacrificio. Pero su historia habla de un vínculo que va más allá de los contenidos de una asignatura. Del cuidado, de la responsabilidad y de esa relación humana que se construye cuando alguien dedica su vida a acompañar el crecimiento de otros.

Exequiel Coñoman: enseñar también es abrir oportunidades

La historia de Exequiel Coñoman Rojas nos lleva a una realidad distinta, pero igualmente significativa.

En San Javier, su trabajo como educador diferencial en la Escuela Especial Ema Sepúlveda de Lobos estuvo enfocado en acompañar a jóvenes y adultos con discapacidad intelectual.

En 2019 fue seleccionado entre los cinco finalistas del Global Teacher Prize Chile, un reconocimiento que permitió visibilizar su labor y la importancia de la educación diferencial.

Su trayectoria nos recuerda que enseñar no siempre significa seguir los mismos caminos ni alcanzar idénticos resultados.

Para algunos estudiantes, aprender puede representar la posibilidad de desenvolverse con mayor autonomía, desarrollar habilidades cotidianas o participar de manera más activa en su comunidad. Y para quienes los acompañan, educar implica comprender que cada persona tiene sus propios tiempos, capacidades y formas de aprender. En una sociedad donde tantas veces se mide el éxito educativo a través de calificaciones y resultados estandarizados, historias como la de Exequiel invitan a ampliar la mirada.

Porque también hay aprendizajes que no caben en una prueba. Y oportunidades que comienzan cuando alguien reconoce las capacidades de una persona antes que sus limitaciones.

Tres caminos, una misma huella

María Eugenia, Lorenzo y Exequiel pertenecen a generaciones distintas. Sus trayectorias se desarrollaron en contextos diferentes y sus historias no pueden compararse. Una dedicó cuatro décadas a enseñar, después de comenzar su carrera en una escuela rural. Otro llevó su vocación desde Cauquenes hasta Rapa Nui, donde encontró la muerte intentando auxiliar a sus estudiantes. Y un tercero hizo de la educación diferencial una forma de abrir oportunidades a personas que enfrentan barreras para su inclusión.

Tres maneras de ejercer una misma profesión. Tres historias que forman parte de una memoria educativa que merece ser contada. Porque en el Maule, la historia de la enseñanza también se ha escrito lejos de las grandes ciudades.

En escuelas de campo, en localidades apartadas, entre cerros y caminos de tierra. En salas donde distintas generaciones aprendieron las primeras letras y donde los profesores han sido parte fundamental de sus comunidades.

Hubo maestros que enseñaron a los padres y, años después, recibieron a sus hijos. Profesores que permanecieron durante décadas en un establecimiento, que conocían a las familias y que entendían que educar no terminaba necesariamente cuando sonaba la campana. Sus nombres no siempre aparecen en los libros de historia. Pero permanecen en la memoria de los pueblos.

Todos tenemos un profesor que nunca olvidamos

A veces basta escuchar su nombre para regresar, por un instante, a la escuela. Recordamos los cuadernos abiertos sobre los pupitres, las letras escritas con tiza, la ansiedad antes de una prueba y la alegría de una buena nota. Pero, sobre todo, recordamos a las personas. A la profesora que nos enseñó a leer. Al maestro que nos hizo descubrir un libro. A quien nos exigía más porque estaba convencido de que podíamos hacerlo mejor. También a aquel profesor que tuvo tiempo para escuchar cuando algo no andaba bien.

Hay frases que se quedan con nosotros sin que sepamos exactamente por qué. Un «inténtalo de nuevo». Un «yo sé que puedes». Una felicitación escrita al margen de un cuaderno. Palabras sencillas que, dichas en el momento preciso, pueden cambiar la manera en que un niño comienza a mirarse a sí mismo.

Con los años olvidamos fechas, fórmulas y contenidos que alguna vez estudiamos de memoria. Pero hay gestos que permanecen. Y quizás esa sea una de las dimensiones más extraordinarias de la enseñanza: que muchas veces sus frutos aparecen cuando el profesor ya no está allí para verlos.

La vocación también necesita ser cuidada

Este 16 de octubre, Chile conmemora el Día del Profesor.

Es una fecha para reconocer trayectorias como las de María Eugenia, Lorenzo y Exequiel, pero también para mirar a los miles de docentes que hoy continúan enseñando en las escuelas y liceos de nuestra región. Porque enseñar también puede ser difícil.

La educación ha cambiado. Los estudiantes, las familias y las formas de aprender también. Los profesores enfrentan exigencias que van mucho más allá de transmitir conocimientos, mientras intentan responder a las necesidades de comunidades cada vez más diversas.

Por eso, agradecerles no debería ser solamente un gesto reservado para una fecha del calendario. La vocación no reemplaza las condiciones necesarias para ejercer una profesión. Reconocer el valor de los docentes también significa respetar su trabajo, escuchar sus necesidades y cuidar a quienes tienen la responsabilidad de educar.

Quizás el mejor homenaje sea comprender que detrás de cada profesor hay una persona que también necesita tiempo, apoyo y reconocimiento.

Lo que queda después de la última clase

María Eugenia cerró una trayectoria de cuatro décadas dedicada a la enseñanza.
Lorenzo murió hace más de setenta años, pero su historia sigue siendo recordada. Exequiel recibió un reconocimiento nacional que permitió dar visibilidad a una labor educativa muchas veces poco conocida.

Sus vidas siguieron caminos diferentes. Sin embargo, las tres nos llevan a una misma pregunta:

¿Cuánto de lo que somos se lo debemos a quienes alguna vez nos enseñaron?

Los profesores rara vez llegan a conocer todas las consecuencias de su trabajo. No saben qué conversación será recordada veinte años después, qué consejo acompañará una decisión importante o qué estudiante seguirá pensando en ellos cuando ya sea adulto. Tal vez por eso hay algo profundamente generoso en enseñar: entregar conocimientos, tiempo y confianza sin saber hasta dónde llegarán.

Hoy, en el Día del Profesor, vale la pena volver por un momento a nuestras propias salas de clases. Recordar los nombres, las voces, los gestos. Pensar en esa persona que alguna vez estuvo frente a una pizarra y que, sin saberlo, dejó algo suyo en nuestra historia.

Quizás hace años que no la vemos. Quizás ya no está. O tal vez todavía tenemos la posibilidad de buscarla y darle las gracias. Porque hay profesores que nos acompañaron durante un año.

Y otros que, sin saberlo, nos siguen enseñando toda la vida.